EL MEJOR DESAYUNO DEL MUNDO

Era la primera vez que pasaba tanto tiempo lejos de casa y ya empezaba a pesarme un poco. Me sentía estresada, susceptible y extrañaba, sobre todo, mi idioma. Ya no quería pronunciar una palabra más en inglés o en italiano.

Al amigo que siempre estaba conmigo, Rino, un napolitano simpatiquísimo que me salvó de dormir en la calle, luego de que me perdiera en Cambridge el mismo día en que llegué, le informé que por el resto del día hablaría en español y le pedí de favor que fingiera entenderme.

Colaboró al máximo. Al punto de que, en el fondo, creo que sí lograba captar casi todo lo que le decía.

Rino era fantástico. Tenía dos bicicletas, una para mí y otra para él. Y él mismo tuvo la idea de ir a su casa a buscarlas para dar un paseo por la ciudad. Con la bici el mundo comenzó a ser más agradable y lo mejor era que ya no resultaba indispensable hablar. Podía solo estar en silencio y concentrarme en no atropellar a nadie.

Pero, de repente, salí de mi ensimismamiento al ver, a varios metros de distancia, pasando por el centro, repleto de turistas y estudiantes, a Gina, una de mis compañeras de casa, con una pancarta en las manos y gritando alguna consigna. Al acercarme pude notar que se trataba de una protesta contra los altos impuestos a los cigarrillos mentolados. Ella ni siquiera fumaba.

Al regresar a casa en la noche, me la volví a encontrar. Estaba sentada en la cocina tomando el té, un poco desanimada, tal vez frustrada por el poco éxito de su lucha. Sentí entonces ganas de alegrarle un poquito la existencia, así que le comenté que esta vez la cena la haría yo.

En las cuatro semanas que llevábamos de convivencia, yo jamás había cocinado nada. Ella, en cambio, cada noche preparaba algo más delicioso que lo del día anterior. Casi siempre eran platos típicos de la India (tenia una obsesión con ese país) vegetarianos y con un toque de picante que para mí resultaba celestial. Le gustaba la cocina, sin duda. Y cocinar se le daba bien. Además le hacía feliz el hecho de que yo siempre estuviera dispuesta a probar todo lo que ella hacía y de que disfrutara genuinamente su comida.

Ahora había llegado mi turno de hacerle conocer algo distinto.

Al entender lo que estaba por ocurrir, me arrepentí de haberle dicho exagerada a mi mamá cuando metió la bolsa de harina Pan en la maleta; me habría gustado regresar con el paquetico entero para demostrar que, en efecto, era un peso innecesario. Pero había algo dentro de mí que me decía que dentro de ese plástico amarillo se encontraba la cura al estrés y al vacío que había estado sintiendo durante el día entero.

Me fui corriendo hasta el cuarto y al entrar vi el paquete de harina, sin abrir todavía. Me le acerqué con cuidado, como temiendo que apareciera mi madre por algún lado exigiendo el reconocimiento de su victoria. Lo agarré rápidamente y volví a la cocina de inmediato.

Le mostré el procedimiento, con paciencia:

La forma correcta de amasar, según la mayoría de las personas, es poniendo el polvo de maíz en un plato hondo con una cucharadita de sal y agregando agua paulatinamente mientras se amasa.

Lo usual es que se amase con las manos, sin embargo, yo prefiero hacerlo con una cucharilla, como si fuera un puré. Da igual como se haga puesto que el resultado es el mismo.

De la masa lista se van sacando pedacitos que se convierten en bolitas, la cuales deberán ser aplastadas con ambas manos hasta que queden planas y puedan ser colocadas sobre una plancha de metal, previamente puesta a calentar.

Mientras se iban cocinando las arepas, busqué en la nevera dos pechugas de pollo, las cuales corté en trozos y las lancé en un sartén en el que había puesto a sofreír una cebolla cortada en julianas. Le agregué mucha pimienta y mostaza, además de un poquito de agua. Cuando la intuición me indicó que lo que estaba preparando estaba listo, lo mezclé con guacamole. Y ahí nació mi propia versión de la Reina Pepiada.

Ese día la arepa ganó un nuevo fan en el mundo: yo misma.

Tal vez fueron dos pero la verdad no tuve tiempo de indagar la reacción de mi acompañante. Ni siquiera recuerdo si hizo algún comentario. En el instante en que le di el primer bocado a mi Reina Pepiada, los ojos se me cerraron solos, sentí ganas de reír y de llorar. Las células del cuerpo se me iban inflando como se llenan los pulmones cuando uno respira profundo. Y el mal humor que me había opacado todo el día, se desapareció como por arte de magia.

Hasta ese momento, yo jamás había alardeado de la comida de mi país, mucho menos de la arepa. Me parecían exagerados, si no antipáticos los comentarios de los venezolanos que decían que no había nada en el mundo como desayunar una buena arepa. ¿Cómo va a ser eso posible con tantos desayunos sabrosos que existen?

Pues bien, ese día me enteré de que ellos tenían razón, y que la equivocada era yo. No hay nada mejor, para una persona criada en Venezuela que una arepa. Y eso es así aunque esa persona insista en creer que no es así. Llegará un punto en que no tendrá más opción que rendirse ante la mejestad del mejor desayuno del mundo.

Que si el nacionalismo es un mal que se cura viajando, viajando también se aprende a valorar las cosas buenas que ofrece nuestra cultura.

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